Como cada martes, hoy, pasaron todos los doctores (me da la impresión de cada vez son más) a dar el reporte semanal de M. El martes es un día difícil, no podría calificarlo ni de malo ni de bueno, más bien incierto. Por un lado no ves la hora de que lleguen, estamos M., su marido (N.), y yo hablando de cualquier pavada, haciendo de cuenta que es un día como cualquier otro. Pero todos miramos de reojo el reloj del televisor, esos numeritos rojos luminosos parecidos a los de algunos despertadores, y cuando las nueve de la mañana se aproximan, las palabras ralean. Cada tanto un suspiro, cada tanto un comentario intrascendente sobre el tiempo, la lluvia, o la niebla... Invariablemente, M. siente ganas repentinas de ir al baño, y se recrimina a sí misma "por qué no habré tenido ganas cuando el tiempo se me hacía interminable, por qué justo ahora que están por llegar". Y, son los nervios, ya sabemos. Pero, hasta ahora, siempre ha hecho a tiempo para ir al baño justo antes que llegue la comitiva de médicos.
Silencio, de pronto escuchamos la puerta exterior de la habitación abrirse. M. dice" ahí están". Los escuchamos entrar uno por uno a la antecámara, cerrar la puerta exterior detrás de sí, y abrir la otra. Silenciosamente se ubican alrededor de la cama de M. el jefe de oncología, su médico generalista, el dermatólogo, el jefe de infectología, el de bacteriología, el dermatólogo, uno o dos asistentes, la psicóloga, y a veces el director de la unidad. El Dr. P toma la palabra, y dice lo que ya sabemos pero no lo que queremos escuchar.
M. entró al hospital el 25 de octubre. El 28 comenzó la terapia, que duró una semana, según nos habían dicho luego de tres semanas si todo iba bien, podía volver a su casa unos días. Igualmente, luego de algunos días debía volver a internarse para repetir todo da capo. Las tres semanas se cumplieron el 25 de noviembre, y la ansiedad por volver a casa crece, no tanto para reencontrarse con sus cosas cuanto para sentir que las cosas acaecen dentro de lo previsto, como una señal de que las cosas andan bien. Sin embargo la noticia de volver a casa no llega.
M. no es tan grande, acaba de cumplir 59 años, pero los doctores han dicho que su médula se comporta como la de una persona anciana, con muchas "cicatrices", y sus defensas no se reproducen como esperaban.
El anuncio es: no quedan ni rastros de células malas. Ya desde el primer día que se terminó la terapia. Y no han vuelto a crecer en casi un mes. Lo malo es que las defensas tampoco crecen. Esperamos una semana más. Diez días. Y nada. Bueno, sí, un poquito, y muy, muy despacio.
Todo lo que habíamos leído con mi marido acerca de la enfermedad y el modo de tratarla dice que la terapia se repite dos o tres veces,
aún si no hay rastros de células malas.
Hoy Dr. P nos dijo que creen que no van a repetir la terapia. Para nada. Temen que si llegan a repetir la terapia, las defensas de M. ya no se reproducirán nunca más.
M. está bien de salud (general), los doctores se extrañan cómo puede permanecer sin infecciones, ni siquiera un resfriado, con las defensas tan bajas después de 4 semanas (casi 5). Dr. O supone, secretamente, que es debido al estado de ánimo de M., a su fuerza, a su espíritu positivo, y un poco a nuestra compañía y apoyo.
Mi marido está muy preocupado, tiene miedo. Casi todos los documentos que hemos leído hablan de una recaída si los tres ciclos de tratamiento no se completan. No hemos encontrado casos de remisión total luego de un ciclo único de terapia. Por lo tanto la razón que hace tomar esta decisión a los médicos debe ser bastante poderosa, es decir el riesgo para M. debe ser mucho mayor continuando el tratamiento que interrumpiéndolo.
Yo no tengo miedo. ¿Me estaré volviendo loca? Puede ser. Desde que esto empezó estoy tan segura que M. va a salir de ésta, que no puedo tener miedo ni aún proponiéndomelo. No sé autoanalizarme, no sé si la ausencia de miedo quiere decir algo más o qué. Sé que M. se siente segura y se ha propuesto salir adelante.
Tengo fe, mucha fe, que todo hallará su solución. No sé cuál, pero la encontraremos. Por el momento encendamos una luz y pidamos a Dios (o a quién crean ustedes) que M. esté bien y que sus defensas aumenten.
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